De «Black Mirror» y un pueblo de Albacete: José Luis Cuerda

Con una sonrisa bonachona, una barba espesa, ya cana, y un inseparable sombrero, José Luis Cuerda parece narrar como un mentiroso ávido, pero sin malicia, historias de personajes cotidianos en un mundo que la lógica nos hace negar; con una templanza que carga sus palabras -y guiones-, como si fuesen memorias vividas hace tanto tiempo que repetición tras repetición, han terminado por transformarse en otra cosa, no menos real ni menos vivida en el recuerdo.

Tal vez, para describir la atmósfera de la obra de Cuerda, habría que situar un capítulo de Black Mirror en el Albacete más profundo. El director no trata la crítica como una forma de ensayo, sino que introduce factores como democracia, dictadura, discriminación, misoginia… en un puchero -pucherazo, quizá- de vida cotidiana y surrealismo para destilar las situaciones más descabelladas y a la par reconocibles que pudiésemos imaginar. Todo esto nace tan sólo del afán de contar historias, liberando al mundo un ojo indiscreto dentro de un microcosmos en el que una serie de personajes suponen vivir en libertad. Y evidentemente, dentro de este universo de reglas propias en el que Londres es un pequeño pueblo castellano o los hombres nacen del suelo en bancales, se encierran ideas propias de un hombre despierto, que ha recorrido con esa mirada curiosa, y fascinación también, la etapa de todo un país en el cambio más importante de su historia moderna.

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José Luis Cuerda durante la promoción de «Tiempo después»

El resultado es una obra ávida por ser leída, donde las interpretaciones son respondidas por el director con un certero “Pues usted sabrá”. Y es que este cronista mantiene un interés rotundo por el resto de artes y por la arquitectura, y las interpretaciones de su obra son tan personales y variopintas que cualquiera -el mismo Cuerda, por ejemplo- podría decir que son invenciones, exageraciones y extravagancias. Sin tintes de erudito, el director albaceteño, conoce y desea conocer cada vez más. Leer, ver, mirar… La mirada ágil y las palabras lastradas pero certeras.

El «amanecer» de Cuerda

Su primer gran éxito, “Amanece que no es poco” retrata la vida diaria de un pequeño pueblo donde los pilares esenciales de la comunidad están representados, de una manera casi estereotipada, para conseguir dar veracidad a un relato que entre muros ciclópeos y casas encaladas en el Albacete de la Transición parece filtrarse y diluirse, y atendemos sin querer a una historia que poco a poco acaba por filtrarse del mismo modo en nuestras mentes.

El pretexto del pueblo tradicional, el sol en las calles estrechas, el campo y la labranza, y la noche oscura, consigue hacer que el espectador se sienta de una manera instintivamente natural en una historia cotidiana y se predisponga a ser engañado, a escuchar una historia exacerbada por definición, contada tal vez por uno de los personajes que aparecen en pantalla.

Cuerda amanece que no es poco
Escena de «Amanece que no es poco» (1988) dir. José Luis Cuerda, con Antonio Resines y Luis Ciges

A pesar de que han pasado 31 años desde que el director nos convenciese de esta historia, ha sido este pasado diciembre de 2018 cuando Cuerda ha estrenado su última película -por cronología, no por cese de negocio- cargada de la misma historia de realidad descarnada y situaciones imposibles: “Tiempo después”.

Situándonos ahora en 9177, como siempre con localizaciones imposibles y mentiras a la cara que el espectador debe asumir si quiere desvelar la verdad oculta, la película narra la historia de una sociedad postapocalíptica, dividida en dos: La minúscula fuerza elitista, y el resto de desheredados -por palabras del mismo Cuerda-. La fuerza principal representa los valores de una comunidad equilibrada: El alcalde, el poder, el trabajador… Y el resto, resulta prescindible, no es necesaria la variedad.

Reducir la realidad al mínimo

El director, que nunca se sintió incómodo tras la cámara, muestra ahora su faceta más abierta, más surrealista, donde ya no solo toma facciones de la sociedad y los aglutina en un microcosmos como caricaturas de sí mismos: Recortar la ciudad como un collage e introducirlo en el filme para producir el desbarajuste que lo caracteriza. Madrid se desmembra dentro de 7000 años, y en los primeros minutos de la película vemos un Torres Blancas que ha acabado por penetrar el patio de la Sede del Instituto del Patrimonio Cultural de España, conformando mediante dos de los edificios más elitistas, modernos, controvertidos de la ciudad, el cuartel general de las fuerzas vivas, que reproduce la reducción de una ciudad al mínimo, su emblema y su vergüenza, su característica y su crítica.

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Escena de «Tiempo después» (2018) dir. José Luis Cuerda, donde se aprecia el monolito constituido por dos de los edificios más representativos de la arquitectura moderna de Madrid

Es esa soltura, esa libertad para decidir que las costumbres arraigadas en antepasados y sus ideas proceden de personas que nacen de la tierra, o para recortar edificios y disponerlos como una suerte de monolito en medio del erial, la que caracteriza al cine de Cuerda. La crítica se convierte en un suspiro entre carcajadas de situaciones que no podrían ser calificadas como comedia, más bien como confusión.

José Luis Cuerda es un sabio necio, un mentiroso inocente que tan solo quiere contar historias, haciendo al espectador reflexionar entre risas, no tras ellas. Sin tramas enrevesadas ni complejas, las cartas -reales y falsas- sobre la mesa, y a partir de ahí, construir un castillo de naipes sin más expectativas que ver amanecer una día más, que no es poco.

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