Cómo entrar en un bazar y salir hecho un artista

Cómo entrar en un bazar
y salir hecho un artista

En 1917 la Sociedad de Artistas Independientes de Nueva York organizó una exposición en la que todo aquel que pagase los 6 dólares de cuota de admisión podía exponer su obra. Sin excepciones. Sin excepciones… a priori.

​Un tal Richard Mutt envió un urinario de porcelana producido industrialmente con una inscripción pintada en negro que constaba de firma y fecha. La “escultura”, titulada Fountain (fuente), debía colocarse sobre su parte plana, a 90 grados de su posición original.

Llegó la exposición, y la Fuente no estaba por ningún sitio. Ni siquiera aparecía en el catálogo. Sin embargo, en los Independientes no se podía rechazar ninguna obra. Era evidente que los organizadores no tenían ninguna intención de que se viese en su exposición ningún urinario como si se tratase de una obra de arte de verdad. Era vulgar, no era estético, ni siquiera había sido hecho por el artista y, por supuesto, no era arte.

Marcel Duchamp, jurado y miembro fundador de los Independientes, no estaba en absoluto conforme con esta decisión. No fue consultado al respecto y su disconformidad llegó a tal punto que dejó su puesto en la Sociedad de Artistas Independientes. Quiero creer que fue una reacción que Duchamp hubiese tenido por cualquier otro artista en un caso similar; pero lo cierto es que Richard Mutt y Marcel Duchamp tenían una relación muy peculiar: eran la misma persona.

R. Mutt no es más que un pseudónimo que el, ya por entonces, reconocido artista francés utilizó para exponer en los Independientes sin que se le relacionase con una obra de la que él solo esperaba que formase un escándalo.

The Fountain – Única fotografía original de la pieza expuesta en Los Independientes tomada por Alfred Stieglitz. Fuente.

Pero, ¿qué pasó exactamente con aquella pieza? ¿por qué no apareció en una exposición en la que no se podían rechazar obras. El propio Marcel Duchamp lo explicó así:

«La Fountain fue situada, simplemente, detrás de un tabique y, durante toda la exposición, no supe dónde estaba. Ni siquiera podía decir que era yo quien había enviado ese objeto, pero creo que los organizadores lo sabían gracias a los chismes que habían circulado. Nadie se atrevía a hablar de eso. Me enfadé con ellos, puesto que me retiré de la organización. Después de la exposición encontramos la Fountain detrás del tabique y la recuperé.»

Cabanne, Pierre. Conversaciones con Marcel Duchamp: Barcelona, Anagrama, 1984, p. 83.

En cualquier caso, la Fuente sirvió exactamente para lo que Duchamp quería que sirviese. Solo espero que al menos la organización le devolviese sus seis dólares.

Ready made

A finales del siglo XIX el arte moderno había llegado a cotas inimaginables en cuanto a ser originales se refiere. Con el nacimiento del XX, hacer algo nuevo y rompedor era realmente difícil. El Dadaísmo y el Surrealismo abanderaban esta lucha, tensando los límites del arte con un punto de provocación. “A ver hasta dónde cuela”, parecía que pensaran sus más representativos artistas.

En este contexto, entre ambos movimientos y artistas como Duchamp, Man Ray o Francis Picabia, aquella locura dio una vuelta más a esa tuerca con lo que después se conocería como Ready-made.

Un ready-made, conocido también a lo largo de la historia del arte como objeto encontrado (objet trouvé) o arte encontrado, es un modo de crear una pieza artística basado en la elección de un objeto ya fabricado y la descontextualización del mismo, con nulas o ligeras modificaciones. La Fuente es un ejemplo perfecto: El mismo urinario que resulta vulgar y carente de todo valor artístico atornillado en unos servicios públicos puede convertirse en una pieza de coleccionismo tras dos simples pero significativas acciones: un giro de noventa grados, y que un artista lo haya elegido. Se basa en la máxima de que “arte” es todo aquello que un artista decide que es arte, y en que la creación es un ejercicio intelectual y no necesariamente artesano. Algo absolutamente asumido en el arte del siglo XXI, en el que los grandes artistas rara vez se manchan las manos, dejando la labor de la “construcción” a un equipo de técnicos y artesanos; o en otros campos, como el de la arquitectura, en el que a nadie se le ocurre negar la autoría de un edificio a su arquitecto por el hecho de que no haya puesto un solo ladrillo.

¿Qué importancia tiene, una vez asumido esto, que el artista en cuestión no haya ordenado fabricar el urinario, sino que se haya conformado con uno que ya hubiera sido fabricado con anterioridad? ¿Minimiza eso el valor intelectual y creativo de la pieza final?

The home of the brave

Es evidente que algunos ready-made han sido mejor tratados que otros por la crítica e historia del arte. Cuando en 1955 Jasper Jons pinta sobre un lienzo la bandera de los Estados Unidos, probablemente nadie consideró que lo que estaba haciendo el artista era un ready-made. Sin embargo, si recapacitamos sobre esta obra con cierta distancia, podemos argumentar que Jons coge un elemento que ya existe -en este caso un símbolo (¡y qué símbolo!)- y lo saca de contexto. Lo desprovee de su carga oficial, representativa, hasta política. Lo eleva a la categoría de arte mediante la autoridad que le da su estatus de artista. Lo desubica de lugares como ayuntamientos o edificios gubernamentales. Y lo cuelga en la pared de un museo o una sala de exposiciones. Y son todos estos pasos, y no el hecho de pintar el lienzo, los que convierten a la obra flag en una obra de arte. Puede ser una obra más o menos controvertida, pero a nadie se le ocurre negar la autoría de Jons de esa pieza.

Y si seguimos buscando en el mundo del arte, podemos encontrar muchas otras ocasiones en las que se esconden de alguna manera unos ready-made que nunca habíamos visto como tales. Pero ahí están: No fueron creados en los primeros años del siglo XX, ni se enmarcan dentro del surrealismo, o del dadaísmo. Por ejemplo, la poesía visual del fotógrafo contemporáneo Chema Madoz en muchas ocasiones se basa en una reinterpretación de objetos encontrados, ligeramente modificados, para ofrecer una lectura diferente a la inicial. Un trabajo puramente intelectual y creativo. Lo que viene siendo un ready-made, de nuevo.

Fotografía de Chema Madoz. Fuente.

Por un puñado de dólares

Lo cierto es que nos encontramos con que un ready-made no es un elemento enmarcado en una época y un estilo determinados dentro de la historia del arte, sino que es un recurso más a la hora de contar una historia. Es otro dialecto dentro del lenguaje del arte. Otra forma de expresión.

Y eso solo puede ampliar el léxico.

Enriquecer el vocabulario del arte.

Dar más libertad a los creadores.

Y, por encima de todo, saber que cuando cuelgas un CD en un árbol para espantar a los pájaros, o rebobinas un casete con un boli bic (si viviste en los noventa, claro), lo único que te aleja de ser un flamante artista contemporáneo, son seis cochinos dólares.

Propaganda de BiC. Fuente.

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