Llenar la ciudad vacía

Podría afirmarse que en todas las ciudades existen “descampados”, esos lugares aparentemente olvidados donde parece prevalecer la memoria de lo acaecido sobre la de lo vigente. Se han originado por la existencia de tensiones irresueltas que han imposibilitado su ocupación o los han empujado a su ruina. Son lugares que persisten en una evolución espontánea de desmantelamiento, áreas de las que puede decirse que la ciudad ya no se encuentra allí. Con su desaparición, la ciudad ha dejado tras de sí “territorios extraños” y ha fijado amplios espacios desocupados, desprovistos de objetivo o actividad, pero privilegiados para la experiencia: en ningún otro caso se tiene la posibilidad de ensayar programas con capacidad para estimular la actividad humana en el seno de la ciudad consolidada.

Pero, ¿cuáles son las consecuencias del borrado progresivo del tejido urbano y de la nueva relación entre edificios, calles y manzanas?, ¿cómo construir experiencia a partir de la negatividad, la ausencia, el extrañamiento y la imprecisión?, ¿cómo puede la arquitectura proyectarse en la ciudad en el mismo momento y lugar en que ésta se niega a sí misma?

No hay un estándar de lo que cada uno de estos vacíos puede llegar a ser. Estos espacios no resueltos de las ciudades crean una situación confusa pero potencialmente liberadora, ya que es precisamente aquí, donde el urbanismo tradicional no ha funcionado, donde casi se hace necesario manifestar órdenes, relaciones y tipos de espacios urbanos nuevos. Su resolución pasa por una ineludible reflexión general: se trata de defender la intervención como transformación de la realidad, promoviendo su crecimiento en vez de su disolución.

Hasta ahora, los modelos de renovación urbana han utilizado elementos como las plazas, los parques o los monumentos para intentar estructurar, sobre estos vacíos, la ciudad heredada, intentando otorgar carácter propio a trozos del continuo urbano según clichés dados y superpuestos. Pero el objetivo no debería ser camuflar la situación irresuelta alineándola a uno más de los espacios de manual, sino aprovechar lo específico de cada contexto para asumir el fruto de la tensión entre lo más particular (el vacío) y lo más general (la ciudad). Así, frente a soluciones falsamente articuladas, toscas sumas de partes congeladas, se apostaría por la ciudad como obra abierta en cuanto a forma y a estrategia de intervención, la ciudad cuyas partes no se organizan pintorescamente, sino que permiten percibir, con diversos acentos, la dimensión de la urbanidad.

Es decir, la intervención de la arquitectura debería dirigirse a través de la atención a la continuidad, pero no de la continuidad de la ciudad inmediata, sino todo lo contrario

Por tanto, una planificación actual y renovada no se orientaría hacia una adjudicación utilitaria de usos, sino a la asignación de áreas de actividad, a la planificación a través de estrategias que anticipen cualitativamente un comportamiento urbano todavía desconocido; intervendría en estas áreas a través de su reconceptualización y redistribución, borrando restos obsoletos, organizando nuevos solares, reincorporando físicamente en el paisaje los edificios supervivientes y provocando una reactivación programática.

Más allá de colonizar, de poner límites, orden y forma, el compromiso de cualquier proyecto en estos terrenos “intermedios” debería implicar también el conocimiento de sus problemáticas sociales, históricas, culturales, de las características de sus entornos y de sus comunidades. Es decir, la intervención de la arquitectura debería dirigirse a través de la atención a la continuidad, pero no de la continuidad de la ciudad inmediata, sino todo lo contrario, a través de la escucha atenta de los flujos, de los ritmos que el paso del tiempo y la pérdida de los límites han establecido.

Escuchemos pues…

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Juego de niños entre medianeras. Aldo Van Eyck en Ámsterdam.

 

 

 

 

 

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