Velocidad y pausa. El mundo en ojos de niños.

Recuerdo que a una corta edad, descubrí que podía cultivar legumbres y hacer crecer una planta de ellas. Este hallazgo me pareció increíble, desde mi inocencia, así que en cuanto llegué a casa, tomé el primer tarro que encontré, lo llené con tierra y comencé a lanzar garbanzos y lentejas al interior. Tras regarlo insistentemente bajo el grifo, lo dejé sobre la mesa. Al cabo de diez minutos regresé corriendo para ver el, evidentemente, nulo resultado.

Tardé un poco de tiempo en comprender que nada de este proceso era instantáneo, que incluso esa pequeña planta que a las pocas semanas brotaría, requería un esfuerzo y trabajo.

Quizá este fue mi primer contacto consciente con una velocidad diferente, un ritmo de vida extraño y que no seguía mi patrón de “acción-reacción”. Sin embargo, esto no estaba en nuestra cabeza por casualidad.

Nuestra vida se rige por actividades constantes, frenéticas que no dejan demasiado tiempo para pensar, parar y decidir. Este ritmo de vida, acelerado, sigue ese patrón tan claro donde se exige un resultado directo, una impaciencia que se plasma en todo aquello que hacemos y sentimos, y por lo tanto, en una sensación vacía, efímera y finalmente, falta de entusiasmo. La sociedad comprende la vida desde la óptica que un niño tendría.

Por otro lado, este ritmo de vida esta generando también la reacción contraria. Personas que huyen de una actividad que ha terminado por atropellarlos y evitan a toda costa que sus descendientes sufran lo mismo.

Como arquitectos, nuestro papel en la ciudad es el de ser capaces de regir estas velocidades, casi como haría Le Corbusier y sus “7 vías” hasta un nivel emocional, donde el ruido y la luz queden acalladas, y permitir que el pequeño niño no vuelva a su tarro tras solo diez minutos.

Video: Glenn Glould tocando Partita #2 de Bach. Variaciones.

 

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