Arquitecturas de la Tristeza (VI): El Cementerio de Comillas

El cementerio de Comillas aparece gracias a unas peculiares circunstancias. Los ingredientes que hicieron falta para su creación fueron el abandono de una antigua iglesia parroquial, la necesidad de la creación de un camposanto, y la sensibilidad de una población para decidir usar la ruina como recinto para esta función.

Este lugar presenta dos momentos muy diferentes a lo largo de su historia. El primero corresponde a su «colonización», donde simplemente se sitúa en las ruinas existentes una construcción estándar. Nichos que aparecen colmatando los antiguos muros de la parroquia, convirtiéndose en parte de la estructura. La nave central se acaba convirtiendo en una gran galería destechada que queda rodeada por las diferentes pilas de hornacinas. Los familiares descansan bajo la protección de la preexistencia, imagen que se convierte en algo tan chocante como evocador.

Con el paso de los siglos se ocupa la totalidad de la ruina, creando la necesidad de ampliar el espacio útil. La solución que se da es de tremenda sencillez y lógica: rodear la ruina poblando el promontorio. Se generan nuevas calles donde ahora los nichos quedan fuera del arropo de la parroquia, que se convierte en un elemento escultórico de fondo, para mirar al océano.

En el año 1893 se decide acotar la superficie del camposanto. Se encarga esta operación al arquitecto Lluís Domènech i Montaner, que además recibe el encargo de hacer una de las criptas. La delimitación se resuelve mediante un muro de mampostería rematado con pináculos. Existe una diferencia de cota entre el suelo de la parte superior y la coronación de estos muros perimetrales. Esta diferencia permite la visión del paisaje a través de la misma. La puerta de acceso al conjunto se resuelve con un arco de medio punto ornamentado con motivos modernistas que siguen reminiscencias del gótico –Esta fachada sitúa a este cementerio dentro de la lista de los BIC de nuestro país-. La operación termina con el remate que hace el escultor Josep Llimona i Bruguera con su Ángel Exterminador, que ahora vigila el camposanto desde las alturas de la ruina, convirtiéndose en un hito en este entorno.

Puerta de entrada modernista por Lluís Domènech i Montaner.

El resultado es una pintoresca obra donde las decisiones de una población acaban generando un peculiar paisaje y atmósfera. La ruina, deteriorada por el tiempo, cobija ahora el nuevo hogar de sus difuntos. El mar queda al alcance de sus nichos, como un fondo del que aún pueden disfrutar las almas que pasean por estas calles. La naturaleza, el espíritu y el tiempo, vinculados en este descanso eterno.

Ángel Exterminador de Josep Llimona i Bruguera.

Fuente Imágenes

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