El dibujo de lo inexplicable: Henri Michaux

El pintor de poemas, el escritor de manchas, bailarín de palabras… Difícilmente podemos aclarar un calificativo cerrado para la figura de Henri Michaux. Descrito como sereno, sonriente y sin efusiva conversación, este belga venido a francés un tanto taciturno y de elaborados pensamientos se pasó su vida buscando la manera de explicarnos lo inexplicable, en un lugar en el que el significado queda perdido.

Nacido en Namur (Bélgica) en 1899, Henri comienza una andadura interesada en la figura humana. La ciencia parece una opción viable, decantándose por la medicina, de la que no tarda en percatarse de que no daba respuesta a la necesidad de comprender lo verdaderamente humano, más allá de la ciencia.

Con 20 años se embarca como cocinero en un barco dirigido a Sudamérica, donde consigue poner lucidez a sus pensamientos. Tras cuatro años, a su vuelta, publica su primer artículo y se muda a París, donde comienza a estudiar la obra de, entre otros, Dalí, Klee… A pesar de que para entonces sus escritos, poemas y artículos habían comenzado a abrirle un hueco en el panorama nacional, Michaux por fin se decidió a usar la herramienta del arte plástico para intentar transmitir lo que no conseguía por medio del verbo.

A partir de ahí, realizó numerosos viajes que quiso inmortalizar a través de los relatos que acabó publicando, por ejemplo, en sus obras Ecuador y Un bárbaro en Asia. En uno de sus viajes a Sudamérica, Henri conoció al escritor argentino Jorge Luis Borges con quien, a pesar de sus extremas diferencias -tal vez por aquello de que los polos se atraen- entabló una amistad que llegó hasta el fin de los días de ambos, traduciendo este último cuaderno de viaje citado y dándole el siguiente prólogo:

Hacia 1935 conocí en Buenos Aires a Henri Michaux. Lo recuerdo como un hombre sereno y sonriente, muy lúcido, de buena y no efusiva conversación y fácilmente irónico. No profesaba ninguna de las supersticiones de aquella fecha. Descreía de París, de los conventículos literarios, del culto, entonces de rigor, de Pablo Picasso. Con pareja imparcialidad, descreía de la sabiduría oriental. Todo esto se confirma en su libro Un barbare en Asie, que yo traduje al castellano no como un deber sino como un juego. Solía asombrarnos con noticias tristísimas de Bolivia, donde había residido un tiempo. Por aquellos años no sospechaba lo que el Oriente le daría o, de manera misteriosa, ya le había dado. Admiraba la obra de Paul Klee y la obra de Giorgio de Chirico.

A lo largo de su larga vida ejerció dos artes: la pintura y las letras. En sus últimos libros las combinó. La noción china y japonesa de que los ideogramas de un poema se componen no sólo para el oído sino también para la vista, le sugirió curiosos experimentos. Como Aldous Huxley exploró los alucinógenos y penetró en regiones de pesadilla que inspirarían su pincel y su pluma. En 1941, André Gide publicó un opúsculo que se llama Descubramos a Henri Michaux.

Hacia 1982 me visitó en París. Cambiamos algunas triviales palabras; estaba muy cansado. Presentí que aquel diálogo sería el último.

Las fechas de su nacimiento y de su muerte son 1899 y 1984.

Jorge Luis Borges, prólogo de Un bárbaro en Asia, 1966
Henri Michaux escuchando a Borges en le Collège de France (1983). Ph:
Jean-Francois Bonhomme

Como sólo él sabría, Borges explica cómo al final de su vida, Michaux sintió el impulso científico una vez más, el que años antes lo había llevado a interesarse por la medicina, ahora en relación al mundo de los estupefacientes. Había basado su obra en expresar lo inexpresable, aquello carente de significado y tan profundo en el ser humano que era inherente, a él y a todos los que lo rodeaban. Siguiendo este camino, el auto calificado como un sobrio bebedor de agua caliente, a sus 55 años comenzó una serie de experimentos donde consumía LSD, mescalina u otros alucinógenos para iniciar un viaje mental que posteriormente trataría de relatar en su obra.

Esta sucesión, objetivamente obsesiva y movida por una fuerza tan pretérita como los dibujos en las paredes de Altamira, ha dado lugar a una obra hipnótica, tal vez no por su belleza o sus líneas precisas, si no por suscitar esa misma fuerza y contundencia. Tal vez por esta contundencia muchas de sus obras estén etiquetadas como «Sin título«, y otras muchas fueron destruidas por él mismo; porque no nacían de la búsqueda si no de la necesidad incisiva y contundente; la de un golpe seco y tajante en las entrañas para intentar extraer sentimientos, sensaciones, frío o calor, y ponerlos sobre una balanza de forense, que en lugar de aguja y escala, está dotada con una pluma en su extremo.

Fuentes

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