¿Objetivo o subjetivo?

¿Objetivo o subjetivo?

No todo el mundo siente lo mismo al observar una obra de Picasso. La alabanza o el desprecio pueden surgir casi con la misma probabilidad en un observador que descubre la obra del artista. La arquitectura actual parece que comparte este «síndrome» por el que será juzgada antes incluso de llegar a comprenderse. Y es que parece que el bálsamo para atenuar este síndrome no es más que el de conocer: Conocer los procesos que han llevado a la creación de dicha obra. Conocer el mensaje que en ella se esconde. Conocer la forma en que se relaciona con su entorno…

Los valores de la contemporaneidad han guillotinado la admiración espontánea. Si una obra de arquitectura o arte quiere ser digna de nuestro afecto, parece que ahora debe ganárselo. ¿Cómo de responsable es entonces el diseñador a la hora de determinar el valor que adquiere una obra? Y, ¿cómo de responsable es aquella persona que disfruta de la obra?

La Cocina, Pablo Picasso – 1948

De cuando el arte seguía normas

Existe algo en las obras arcaicas que han llegado a nuestros días y que aún hoy nos siguen conmoviendo. Parece que estas obras son capaces de conectar con nosotros de una forma calmada, casi natural. Del mismo modo que un castor siente la necesidad de llevar las ramas que encuentra a su dique, nosotros encontramos paz en estos antiguos espacios. Estudiando la composición de estas obras históricas a lo largo de diferentes periodos y culturas, encontramos un factor común: existe Orden. Algunas obras que se acercan mucho más a nuestros días también siguen esa doctrina, y en muchos casos parece una garantía de la conexión con nuestra sensibilidad.

Pero, ¿qué ocurre en el mundo del arte? Es más difícil pensar en orden cuando no existe un espacio que gestionar, así que parece que los trucos dejados por Vitruvio quedan obsoletos. Aún así, cuando observamos las piezas que nos han llegado de las culturas arcaicas o de los pueblos que aún no han sido tocados por el mundo globalizado, podemos llegar a sentirnos identificados, representados, o relacionados, del mismo modo que lo hacíamos dentro de los espacios antes mencionados. Esto contrasta radicalmente con muchas de las piezas de arte que vemos hoy día, donde en muchos casos no llegamos a entender el mensaje escondido. ¿Es el diseñador o el receptor el culpable de tal desconexión? No podemos negar la naturaleza subjetiva del arte contemporáneo, donde un autor abre su alma, pensamiento y experiencias al formato sobre el que está trabajando. Esta forma de crear arte se convierte en un despojo de una parte de uno mismo. El artista se desgarra, dejando un trozo de sí, algo primario y que ignora cómo lo va a interpretar el receptor. Lo importante parece ser el desahogo, cediendo toda la responsabilidad a la hora de interpretar la obra.

No podemos negar que resultaba mucho más sencillo cuando las normas acotaban las decisiones, se producían unas conexiones controladas con el receptor. ¿Es esto más humano, o más artificial? ¿Coarta de alma seguir un orden puro?

¿Derrame de pensamiento?

La ciencia es objetiva porque se puede medir y contrastar. Una parte de la arquitectura siempre va a ser objetiva, se puede analizar cómo de acertado se ha estado a la hora de resolver un programa planteado. Sin embargo, lo que acaba enriqueciendo a la arquitectura se mueve entre lo objetivo y lo subjetivo. La buena arquitectura tiene alma, más allá de la correcta interpretación que pueda o no haber, uno siente su alma. No deja indiferente.

El alma de la arquitectura no necesita necesariamente de un discurso denso que apoye las decisiones tomadas. Del mismo modo que los cuadros de Velázquez consiguen la admiración de todo el que los observa por su dominio de la técnica, una arquitectura de escala adecuada y constructivamente bien resuelta consigue tener alma. El sesudo alarde desaparece para dar paso al humilde y lógico detalle constructivo. En la época del arte visceral, la arquitectura se ha contagiado de esta forma de tomar decisiones. Muchos arquitectos construyen gestos, con el peligro de que estos no lleguen nunca a entenderse por el público, y con la desgracia de que queden incrustados en la trama urbana hasta su remodelación o adaptación. La libertad compositiva requiere de una mayor responsabilidad por parte del arquitecto, que puede decidir derramar su pensamiento. También muchos son los ejemplos de estas liberaciones de uno mismo que han resultado en obras maravillosas, pero si algo tienen en común, es que todas eran capaces de ocultar un orden en su interior, más allá del simple gesto, no se limitaban a la expresividad.

¿Dejan entonces de ser arquitecturas subjetivas? O, así como parece que sí existe un arte objetivo, ¿no existió nunca la arquitectura objetiva?

Cementerio de Igualada, Enric Miralles y Carme Pinos – 1994

Lecturas recomendadas:

Arte objetivo / Arte subjetivo – Josep Mª Fericgla

La eterna búsqueda del arte objetivo – Eduardo Yentzen

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