Síndrome del miembro fantasma

Mis pasos se pierden por las calles de una ciudad sin nombre, de una ciudad cualquiera: la de paso, la natal, la de adopción.

Real o inventada. Anónima.

La tuya, la mía, la de todos.

Es ya noche cerrada del que ha sido un viernes de mucho trabajo, así que decido, sin meditarlo demasiado, dar un rodeo para volver a casa. Necesito pensar, aclarar ideas, ordenar un poco la cabeza, y no encuentro mejor manera de hacerlo que dejándome perder por las calles del centro de la ciudad. 

Deambulo por zonas que no suelo atravesar si no es por necesidad. La vida, las urgencias del día a día, me obligan a ir siempre justo de tiempo moviéndome en mi inseparable bicicleta de la que hoy me he bajado, pues no es conveniente ir por la calzada cuando el pensamiento está lejos de la realidad. 

Voy de aquí para allá, sin rumbo fijo, torciendo en cruces al azar, como un turista perdido en una urbe que le es totalmente ajena. Me topo con edificios que hace tiempo que no veo, con parques cuyos árboles han crecido mucho en los últimos años, con fachadas que han envejecido o que se han llenado de pintadas reivindicativas. Al fondo, a lo lejos, continúa una eterna obra aún en proceso. Me acerco, intrigado, a asomarme entre las rendijas de la lona verde que limita su perímetro. «Lleva tanto tiempo así que parece que no se va a terminar nunca», pienso, «las obras en esta ciudad siempre se retrasan más de la cuenta».

Cuando levanto la mirada para emprender el camino de vuelta hay algo a mi alrededor que me obliga a detenerme. Al principio no logro identificar qué es, pero el ambiente, la atmósfera del barrio, se percibe diferente a como yo la recordaba. Tengo una sensación parecida a la que se tiene cuando, al llegar a casa, hay un perchero que se ha movido o un libro que no está en su sitio. Una cierta incomodidad extraña que, poco a poco, termino por reconocer: el enorme edificio abandonado de la esquina ya no está y en su lugar sólo hay un gigantesco vacío, un solar yermo que parece una herida abierta en la trama urbana.

Guiado por mi personalidad irremediablemente curiosa, me pregunto qué ha podido pasar y la respuesta obvia aflora rápidamente: «Ahí había un bloque que, desde que puedo recordar, ha estado dejado de la mano del tiempo», me digo a mí mismo, «lo habrán vendido y querrán hacer, ahora, uno nuevo; esto es pleno centro de la ciudad, de aquí se puede sacar mucho dinero». Sin embargo, sólo es un pensamiento fugaz, una suposición, no en vano, no sé nada a ciencia cierta. Así que decido aparcar los prejuicios y evitar dar las cosas por sentado para dejarme guiar sólo por los sentimientos, por las sensaciones más espontáneas, y de las cavilaciones paso a los recuerdos. 

Era un edificio masivo, robusto, denso. No sé si grisáceo de manera natural o forzadamente obligado por la suciedad y la pátina generada por el pasar de los años. Una obra fruto de su tiempo, sin alardes, común, casi vulgar. Por su forma y tamaño, intuyo que era un bloque residencial. Y, si en origen no lo fue, sí que acabó sirviendo a este uso: muy vivamente en mi memoria aparecen imágenes, como flashes de otra época, de los enormes ventanales que furtivos ocupantes terminaron por pintar en llamativas tonalidades. Una sonrisa aparece en mi rostro al rememorar esa visión, pues no deja de ser tierno, casi infantil, incluso, que se sacralice el espacio en que se reside −aunque sea al borde de la legalidad− transformando ventanas en improvisadas vidrieras que llenen de color estancias plagadas de polvo. 

¿Y hasta qué punto los edificios, por más ruinosos que estén, pertenecen a sus propietarios reales y no a los ciudadanos que, en conjunto, los han interiorizado y los entienden como escenario y telón de fondo de las rutinas de su día a día? Esta pregunta molesta, que aparece súbitamente, que surge de la nada, se instala en mi cabeza y, sin poder hacer yo nada por evitarlo, acapara toda mi atención. Intento contestar y, para ello, olvido momentáneamente lo mucho o poco que sé sobre legislación, sobre competencias y sobre planificación urbana y, así, me dejo llevar en un juego teórico que trata de razonar una respuesta que, muy seguramente, no sepa encontrar. La lógica se opone a los sentimientos, la razón a los impulsos, el tiempo y la permanencia como valores intrínsecos de la obra construida, a la economía y el orden establecido. 

No sé posicionarme, no puedo posicionarme. Sigo teniendo un malestar creciente cada vez que miro hacia el vacío inmenso que hay frente a mí. Recuerdo haber leído en alguna parte que aquéllos que han sufrido una amputación, aún pasados los años, pueden seguir teniendo sensaciones físicas reales del miembro que ha sido extirpado. El Síndrome del Miembro Fantasma, creo que se llama. Es posible que yo, ahora, esté experimentando una sensación similar al entender que, quizás sin necesidad, un apéndice urbano ha sido arrancado de raíz. Un volumen que tenía impronta, que hacía ciudad, que generaba calle y trama. 

«La ciudad es un organismo vivo», decía, con frecuencia, un profesor, «y, como tal, está sujeta a constantes cambios y transformaciones. Aun así, hay que ser muy cuidadoso con lo que se planifica, pues no todos los cambios son a mejor y todo organismo es susceptible de caer irremediablemente enfermo».

Intentando aclarar mis preocupaciones, he terminado por incorporar una nueva y, no siendo capaz de resolver ninguna, decido volver a casa. Monto en mi bicicleta, ya no necesito pensar más por hoy. El sillín cruje, la cadena salta de cuando en cuando. Debería comprar una nueva, pero ésta lleva tanto tiempo conmigo, me ha llevado a tantos sitios, que me costaría demasiado desprenderme de ella. 

Doblo la esquina y vuelvo la mirada atrás, una imagen borrosa y difusa del edificio que fue aparece en el solar vacío. Las ventanas están iluminadas y la luz del interior se proyecta, coloreada, en las aceras. Se oyen risas y el barrio, de repente, recupera la atmósfera alegre de los años pasados. Es el Síndrome del Edificio Fantasma

Miro al frente, me zambullo en los recovecos del centro. Vuelvo a casa. 

Mis pedaladas se pierden por las calles de una ciudad sin nombre, de una ciudad cualquiera: la de paso, la natal, la de adopción.

Real o inventada. Anónima.

La tuya, la mía, la de todos.

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