Tipografía II: ¿qué nos dicen las letras, además de lo que nos dicen?

La Comic Sans es una gran fuente tipográfica. Ahora que ya somos enemigos, nuestra relación solo puede ir a mejor. Pero no me odien todavía, no dejen de leer. No lo he dicho de forma irónica. La Comic Sans es una fuente tipográfica excepcionalmente buena cuando se utiliza en una serie de casos excepcionalmente limitados. Porque sí, las letras nos hablan más allá de las palabras que componen. La fuente en la que está escrito un texto es algo así como la comunicación no verbal en un discurso hablado.

La Comic Sans fue diseñada en 1994 por el denostado ingeniero tipográfico Vincent Connare. Pero lo cierto es que Connare hizo un gran trabajo que fue dilapidado por una serie de malas decisiones. Por aquellos años Connare trabajaba para Microsoft Corporation. En la empresa se estaba desarrollando Microsoft Bob, un paquete de aplicaciones pensado para ser especialmente fácil de utilizar, principalmente por niños, con una gran cantidad de ilustraciones infantiles y una mascota que no era otra que Bob, un gracioso perrito que parecía creado por un niño de cinco años (dicho sea como un halago). Todo el paquete de Microsoft Bob estaba acompañado de textos compuestos en Times New Roman, una fuente diseñada para un periódico en los años 30. Era evidente: los textos no hablaban en el mismo idioma que Bob.

Connare diseñó la Comic Sans para resolver un problema. Bob necesitaba una fuente en la que hacerse entender. Y está demostrado que su fuente es una de las más legibles. Niños que son incapaces de leer textos en otras fuentes leen sin problema en Comic Sans. Además de ser una de las fuentes que mejor se leen en cuerpos pequeños. Tiene otros problemas, por supuesto, y una serie de limitaciones casi interminable. Pero cuando se usa en los momentos adecuados, es casi perfecta.

Lápida usando la fuente Comic Sans. Fuente.

La historia no tiene un final feliz. Microsoft Bob vio la luz en Times New Roman, y Comic Sans fue incluida como fuente complementaria en Windows 95. De repente, una fuente creada para un uso concreto estaba al alcance de todo el mundo para su uso indiscriminado.

Los bañadores de los nadadores olímpicos son unas prendas maravillosas. Delicadas, precisas, casi un milagro de la técnica. Pero si vas con uno de esos bañadores a una boda, eres un completo imbécil. A nadie se le ocurriría pensar que quienes fabricaron esos bañadores hicieron una prenda horrible. Solo que un idiota hizo un mal uso de uno de ellos. Cartas de restaurante, ambulancias, lápidas, páginas porno o tesis doctorales son algunos de los sitios en los que fue usada Comic Sans. Seguramente contra su voluntad. Recuerden: no es no.

Pintar las palabras

Que las letras manden un mensaje al margen de lo que escriben, puede ser una maldición o una bendición, pero desde luego es una herramienta que nos permite complejizar el mensaje. Nos permite, por ejemplo, mandar una doble información, o una información ambigua, solo con la elección de la “apariencia” de nuestras letras. Esto no siempre fue así. Los orígenes de la escritura se basan en pictogramas, y más tarde en jeroglíficos. Los pictogramas eran símbolos que, prácticamente, reflejaban en unos solos trazos el elemento al que hacían referencia. Así, el pictograma sumerio para referirse a “buey” era una forma ovalada con dos trazos curvos a modo de cuernos.

Y esto es algo que no tiene por qué ser exclusivo del pasado. Uno de los idiomas actuales más estéticamente elevados cuando son escritos es el japonés. Se basa, en su mayoría, en kanjis adoptados del chino que funcionaban de un modo similar a los pictogramas. El nivel de complejidad de esta escritura hace casi residuales los pictogramas reconocibles a día de hoy, pero aún podemos ver como el kanji para referirse a “árbol” es una especie de tronco ramificado, o intuir en el kanji usado para “mujer” una cierta imagen antropomórfica.

Pero donde más patente se hace la simbiosis entre significante y significado es en los jeroglíficos egipcios. Su modo de dejar por escrito su historia fue, literalmente, dibujándola. Y aunque a priori pueda parecer lo contrario, sus sistemas de representación eran realmente expresivos. Los antiguos egipcios no manejaban conceptos como “arte” o “mímesis”, por lo que sus representaciones no pretendían ser estéticas, sino descriptivas. Estaban escribiendo, recordemos. Por eso, ni conocían, ni necesitaban conocer cosas como la perspectiva. Representaban los elementos en su posición más representativa. Si querían representar un banquete, situaban la mesa vista desde arriba, y las sillas alrededor, dibujadas de perfil. No importaba que no fuera coherente, pero era la mejor forma de hacernos entender que eso eran sillas.

Como curiosidad, ésta forma de representar la realidad fue uno de los detonantes del cubismo.

Jeroglífico en Karnak. Fuente.

Escribir el arte

El galerista e historiador del arte Daniel Marzona se preguntó si era posible que el discurso sobre el arte sea arte a su vez. El escritor Ian Wilson decía que para él una poesía podía ser una escultura. ¿Puede un texto ser arte? Sí, es evidente, hay cientos de novelas que son grandísimas obras de arte pero, ¿puede un texto, no por su mensaje sino por su imagen, ser… plástico?, ¿estético? La lámina del hombre de Vitruvio de Leonardo tiene en su parte inferior y superior un texto manuscrito en escritura especular (de derecha a izquierda). Sin importar lo que ese texto diga, es parte del dibujo. ¿Ayuda de algún modo a la composición armónica de la lámina? Y si entendemos el arte como un modo de expresión, ¿no sería ese texto un mensaje más allá del mensaje que transmiten las palabras?

Es más, ni siquiera es necesario que un texto escriba algo coherente para mandar un mensaje. Porque sí, las letras que no escriben nada también cuentan cosas. Muchos artistas utilizan el texto como un elemento estético, como una arcilla con la que modelar una obra. Jaume Plensa lleva este concepto hasta la más escrupulosa literalidad.

Las figuras humanas gigantes de Plensa están construidas de letras. Letras que no escriben nada. Letras como elementos compositivos que a su vez conforman una figura, casi siempre humana, sentada, con las piernas dobladas y los brazos cogiéndose las rodillas. Ensimismado, perdido en su propio mundo, como diciendo, “no me molestes, ¿no ves que estoy leyendo?”.

También en las piezas laberínticas y casi arquitectónicas de la escultora Cristina Iglesias podemos encontrar letras superpuestas en muchos de sus “muros”. Y podríamos seguir: Joseph Kosuth, Jenny Holzer, Lawrence Weiner… son algunos de los artistas contemporáneos que utilizan el texto como un elemento compositivo, plástico, escultórico.

Y si hablamos de convertir en un arte plástica el acto de escribir, no podemos pasar por alto dos disciplinas: el graffiti, que lleva en auge desde los años 60, y otra que en los últimos años no para de crecer, el lettering.

Trabajo de lettering de Pokras Lampas. Fuente.

El lettering es una disciplina creativa que consiste en dibujar las letras. Y el verbo correcto es dibujar, no escribir. Principalmente ahí radica la diferencia entre lettering y caligrafía, que esta última escribe las letras mientras que la primera las comprende como formas, y no como símbolos. Es cierto que existe prácticamente desde que existen las letras –las capitulares de los tomos medievales son clarísimos ejemplos de lettering-, pero las corrientes del diseño gráfico más actual han traído un resurgir de esta disciplina, lo que es un auténtico gusto para nuestros sentidos.

Si no me creéis, y por dar un referente más, echad un vistazo al trabajo de Pokras Lampas (www.pokraslampas.com), un ruso de 28 años que ha llevado el lettering a otro nivel. Si os gusta, sabed que no sois los primeros. A la gente de Nike, Lamborghini, Absolut, Fendi o Hyundai ya les gustó antes que a vosotros. Y tranquilos, aún no le ha dado por escribir en Comic Sans.

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