«Cierra la puerta, que se escapa el roomba» o sobre tradición, tecnología y mi abuela

Hace algunos años, cuando yo aún estudiaba en la universidad, mi abuela se permitió el lujo de venir a vivir a casa, no sin antes esgrimir unos cuantos “¿Dónde mejor que en mi casa?” o “Si yo estoy bien aquí sola” en una serie de debates que llegaron a ser desesperantes, hasta que la fuerza de la gravedad le demostró que no, que no estaba mejor sola.

Mi abuela abandonaba el pueblo después de 38 años y la situación no se recataba en drama justificado:  La mirada vidriosa a través de la ventanilla del coche le servía de despedida al ver las casas encaladas pasar, hasta caer en un suspiro profundo camuflado por el rugido del motor al coger velocidad en la carretera. Tras una hora de viaje en la que casi en algún momento conseguimos sacarle una palabra, llegamos a casa y la “realquilada” –así solía llamarse a sí misma– entró en el salón como Michael Clarke Duncan en La milla verde.

Fue entonces cuando se cruzó con ese cacharro redondo que va dando vueltas por ahí. Mi abuela había visto por primera vez un robot aspirador, un roomba, y su mirada se llenó ahora de una confusión y desprecio que bien podría haber fundido la placa del artefacto, seguido de un “¿Eso qué es?”. Le explicamos que era un aparato que daba vueltas para mantener el suelo limpio, y que funcionaba por sí solo.

Evidentemente, no fueron pocas las patadas que recibió el electrodoméstico a partir de aquel día para evitar que se le acercara -y alguna tan solo por desprecio-, aunque en una venganza irónica tampoco fueron pocas las siestas estropeadas por pensar que podría acecharla mientras estaba con la guardia baja.

Mi abuela había vivido en el pueblo, su pueblo, su hogar y el de sus padres. Había visto llegar la primera radio, el teléfono y, aunque nunca la terminó de entender del todo, la televisión. Había escuchado hablar de los ordenadores, y una vez había visto uno en el centro de salud -y estaba segura de que por su culpa, había perdido las últimas recetas-. Lejos de ella quedaban internet o el teléfono móvil -aunque mi madre le regaló uno que había encontrado su lugar en el año 2005 en un cajón, y nunca volvió a ver el sol-. Pero ahí estaba, mirando desafiante ese Roomba, que la esperaba al volver de su paseo dando la primera ronda del día y la perseguía en sus pesadillas por un pasillo interminable.

La relación siguió el curso natural y, sinceramente, yo esperaba encontrarme el cacharro destripado cualquier día a los pies de la escalera del sótano. Pero no fue así. Poco a poco, la desconfianza de su mirada comenzó a ser curiosidad, incluso comenzó a levantar los pies para que el muchacho al menos se alimentara con las migajas del desayuno; en alguna ocasión, aunque seguro que lo negaría, miró el reloj mientras esperaba impaciente que comenzase la ronda de limpieza mientras nosotros estábamos en el trabajo.

La señora que jamás habría reusado de barrer el patio con una escoba que muchos pensarían que había robado del tren de la bruja, ahora era colega de un aparato que se encargaba de encenderse, limpiar el salón y volver a apagarse con una inteligencia indescifrable: Una generación que había pasado de ver la primera pantalla catódica a intentar entender que ahora eran táctiles, había encontrado la reconciliación con el presente a través de mi abuela.

Al grito de “Cierra la puerta, que se escapa el Roomba”, nos recibía cuando volvíamos de la calle, en un chascarrillo que albergaba algo de verdad para ella, pero que siempre nos hacía reír al entrar en una tradición tecnológicamente puntera. Tal vez no se tratase de su pueblo ni de su escoba, no se tratase de costumbres arraigadas en la España profunda, pero desde luego, es innegable que era tradición.

Y es que quizá se hayan perdido valores ineludibles de la vida diaria de nuestros ancestros, tal vez las ciudades los han fagocitado y han extinguido el fuego en el hogar de Frank Lloyd Wright y la familia ahora no se reúne en torno a una chimenea. Aunque quizá no, quizá en lugar de perderse se han transformado, se han acomodado a vivir desde los grandes cortijos de antaño a nuestros pisos de 30m2 -si llegan- y, estos valores, han conseguido que las ciudades sean un poco más habitables ¿Estaría tan mal si el hogar wrightiano está ahora en una cuenta compartida de Netflix?

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